jueves, 20 de mayo de 2010

saber que cae el sol,
presumir un susurro.
Una voz, cada vez más cercana.
Evadirse a uno, aludir a dos.
Anunciar el crepúsculo,
con la voz de una saña que nunca acabó.
Pierde el control.
Se apodera del alma, del filo y del dolor.
No servirán unas pobres mañanas,
ni unas tardes a puro rencor.
Sabe bien que es roja aquella lágrima,
que marca una hora
refutando la desilución.

Frustración.

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